Resistir al miedo

31/Jul/2014

Rasia Friedler

Resistir al miedo

La autora escribió este artículo en el año 2001; lo transcribimos por la vigencia que mantiene 13 años después.Ante un terrorismo
creciente y sin fronteras, todo parece indicar que en el futuro próximo se
tenderá a extremar el culto a la muerte que signó el siglo pasado. Las fuertes
tensiones emocionales que experimentamos se refieren a riesgos inciertos, pero
al mismo tiempo muy concretos, en la vida real. La sensación colectiva es de
que ya no podremos sentirnos seguros en ningún lugar, de pronto nos vemos
sumergidos en una cultura de guerra. Los actos violentos se potencian por su
carácter sorpresivo, anónimo e indiscriminado. Si algo caracteriza a las
acciones terroristas es precisamente su capacidad de generar efectos psíquicos
que superan por lejos sus consecuencias materiales. En ese sentido, el
terrorismo constituye un verdadero ataque contra la salud mental individual y
colectiva, y los costos psíquicos pueden ser muy elevados. Por eso requiere ser
abordado desde una perspectiva múltiple, que permita integrar la dimensión
psicológica a las otras dimensiones.

Le Gall acuñó el término
“estados timéricos”, (del latín timere, temer), para referirse a los
sentimientos suscitados en las personas por la previsión de un peligro próximo:
inquietud, temor, ansiedad, y angustia. La primera reacción frente a un ataque
suele ser un estado de shock, con una fuerte sensación de irrealidad o
incredulidad. El terror es la forma extrema del miedo que se traduce
generalmente por una mayor sensibilidad a las influencias externas, una
tendencia a la sumisión, inmovilidad, conductas regresivas, trastornos
psicosomáticos (intensa producción de adrenalina, incremento de la tensión
muscular, alteraciones cardíacas, insomnio, etc.). Ante situaciones de alarma
intensa sostenida en el tiempo, los estados timéricos pueden volverse crónicos
e incluir reiterados episodios de pánico.

Si bien el miedo es,
hasta cierto punto, un mecanismo protector, los estados timéricos que surgen
como reacción frente al impacto terrorista tienden a perpetuarse y potenciarse
por “contagio social”, pudiendo llegar incluso, en ocasiones, al extremo del
estupor emocional; nada más apropiado para transformar a la población en una
masa colaboradora con los objetivos intimidatorios y controladores de los
agresores. Algunas investigaciones sugieren que las alteraciones psíquicas
producidas por el terrorismo superan a las producidas por las guerras
regulares. Además, los niños víctimas del terror tienen una mayor propensión a
involucrarse en acciones terroristas con el paso del tiempo. Entre las víctimas
directas son frecuentes los cuadros confusionales, los trastornos
psicosomáticos, los estados paranoides y depresivos. El síndrome de estrés
postraumático se caracteriza por un empobrecimiento de la vida psíquica que
pasa a ser dominada por la escena traumática y se acompaña por diversos
síntomas: falta de concentración, cambios bruscos de humor, irritabilidad,
fallas de memoria, trastornos del sueño, fuerte tendencia al aislamiento
social, cambio de hábitos, etc. El síndrome del sobreviviente, descrito por
Niederland, configura un estado crónico de depresión ansiosa con intensos
sentimientos de culpabilidad. Se le llama síndrome de Estocolmo, a la reacción
psicológica de identificación y atracción hacia el agresor, que ha sido
observada especialmente entre los rehenes y secuestrados.

El terrorismo no es un
fenómeno homogéneo ni reciente, ni exclusivo de los poderosos (terror
institucionalizado o gubernamental) o de los oprimidos (terror subversivo o
revolucionario). No atenta solamente contra el enemigo, sino que lo hace contra
cualquier persona ajena al conflicto. Las víctimas no intencionales resultan
claves para desatar estados de terror colectivo, ya que contribuyen a dar la
idea de imprevisibilidad y de sorpresa, facilitando la identificación de cualquier
persona con las víctimas. Como señala Alonso Fernández, tanto las víctimas
seleccionadas (blancos específicos), como las no intencionales (aquellas que
casualmente estaban allí o pasaban por el lugar) y las incidentales (los
rehenes o testigos), hacen parte de un mismo plan estratégico: intimidar,
paralizar y sembrar el miedo, debilitando el lazo social. La intensidad de los
efectos y la amplitud de su alcance son la pauta de su eficacia.

Si bien el terrorismo no
es un fenómeno nuevo en la historia, en esta era tecnológica, mientras la
capacidad destructiva aumenta, la implicación física de los actores disminuye,
y por consiguiente, también aumenta la impunidad y la incidencia de las
acciones terroristas. Comprender los objetivos de esa forma de violencia, cómo
actúan sus agentes y qué estrategias utilizan, resulta esencial para poder
afrontarla y elaborar los efectos que produce en el psiquismo y en el tejido
social. En las elucubraciones y análisis con que las personas intentamos dar
cuenta de lo sucedido se pueden filtrar diversas de actitudes muy dispares:
indignación y condena, complicidad explícita o velada con los agentes
terroristas, curiosidad, admiración, culpabilización de las víctimas (“por algo
será”), justificación del uso desproporcionado de la violencia cuando es
ejercida con fines contraterroristas, reducción del terrorismo a su dimensión
criminal (negando o minimizando sus implicaciones religiosas, políticas, etc.),
radicalización ideológica, percepción exagerada de la envergadura de la amenaza
terrorista, acentuación de los prejuicios, fuerte compromiso social y actitudes
solidarias.

Quienes usan la violencia
en forma sistemática y coactiva siempre han buscado justificar o enaltecer sus
acciones bajo diferentes ropajes: “guerra santa”, “restablecimiento del orden”,
“contraviolencia revolucionaria”, etc. Desde una posición ilusoria de
superioridad narcisista con relación a las víctimas y una absolutización de los
ideales, los agentes violentos suelen considerar que no tienen otra opción, y
esa creencia les ayuda a vencer sus inhibiciones morales. Pero cabe aclarar las
razones religiosas, políticas, estratégicas, etc. no son menos decisivas que
las psicológicas, por lo que un riesgo del que debemos cuidarnos al considerar
este tema es el de incurrir en reduccionismos o en generalizaciones abusivas.

Existen múltiples
recursos para afrontar el terror desde una perspectiva personal, grupal y
colectiva, pero la acción comunitaria es clave para poder superar los efectos
del terror. La capacidad de resistencia aumenta cuando existe una preparación
psíquica previa, la persona conoce los métodos y las estrategias utilizados por
el agresor y las experiencias de otras personas que han vivido situaciones
similares.

Existen numerosos relatos
de personas que han vivido situaciones límite y han señalado los recursos,
ideas y actitudes les han permitido mantener su integridad en las situaciones
más adversas. La capacidad de darle un sentido a lo vivido, mantener una
postura activa y solidaria sostenida por valores éticos, afirmar otra realidad
que la planteada por los discursos violentos, compartir experiencias con otras
personas, poner en marcha un trabajo de memoria, bregar por la justicia,
defender los derechos humanos (entre los que incluyo el derecho a la paz),
reconocer críticamente los propios prejuicios, poder diferenciar entre lo que
puede ser controlado y lo que no, reconocer los propios miedos y asumir
actitudes de cuidado, expresar y compartir los sentimientos, son aspectos
fundamentales para aumentar la capacidad de resistencia y de acción. Los
recursos psicoterapéuticos también resultan valiosos para la superación de los
efectos de los actos criminales y resultan indispensables cuando el sufrimiento
es tal que pone en peligro la supervivencia psíquica y/o física de la persona.
Cuando los actos terroristas se reiteran, suele producirse un traumatismo
acumulativo que tiende al embotamiento afectivo y al debilitamiento del lazo
social.

No hay mejor fundamento y
aliado del terror que una ideología simplista y maniquea unida una voluntad
ciega de eliminar al diferente, tomado como adversario. ¿Y qué mejor que lo
ajeno para superar la excesiva familiaridad de lo propio, o la resistencia al
cambio? Si existe alguna prevención posible contra el fanatismo, es
precisamente el fomento del pensamiento, el diálogo, la tolerancia, la
solidaridad, la responsabilidad, la libertad, la dignidad y la afirmación de la
diversidad. Apostar a la vida significa potenciar la justicia y los procesos de
ayuda mutua, generar y sostener espacios de expresión, mantener viva la memoria
histórica y trabajar por la reconstrucción del tejido social.